Cuando las gallinas mean
[Español Only]
Según Marcello Hernández en su especial de Netflix (¡lo tengo en repeat, BTW!), si tus padres te dieron una pela bien dá en el baño del mall, eres latino, sin duda razonable. Según yo, si te enseñaron que los niños hablan cuando las gallinas mean, entonces eres caribeño. Most likely, boricua 🇵🇷.
Soy ambas. Así que se podrán imaginar con qué clase de confusión y de PTSD mi cerebro tuvo que desarrollarse. Si mirabas mal a tu mamá tras un regaño, muchas veces malinterpretado, ¡zácata!
Así que el stand up de Marcello me llegó a lo más profundo de mi herida infantil.
Claro que nunca pensé en mis padres como abusadores, ni mucho menos los juzgo. Esto es cuestión de hechos. Te portabas mal, por ejemplo, emitiendo una inhalación demasiado intensa o mirando directamente a los ojos del adulto, y acto seguido venía el halón de oreja, el pellizco en el muslo o el antebrazo (dependiendo de tu estatura al momento), o la apertura de ojos en ángulo obtuso, nivel cagazón 👀.
A diferencia de Marcello, estos actos disciplinarios de nuestros padres siempre me han parecido medio aceptables (si los miro con un solo ojo). Pero ahora que soy madre, he optado por romper el ciclo, la cadena perpetua transgeneracional de la parte física del castigo. “It ends with me,” me dije cuando me dieron la de moza (Google it if you dare).
Por supuesto que no es lo mismo llamar al demonio cuando el gas pela. O sea, ahora que me toca la difícil labor de educar y disciplinar en un hogar multicultural, muchas veces quisiera hacer uso de la chancleta con la misma agilidad mental (¡y física!) de mi madre. Porque la chancla es un talento, señoras y señores.
Igual pienso que los padres de hoy a veces somos demasiado permisivos. Si a mí me hubiesen dado a escoger entre un chancletazo y “una consecuencia” como hemos rebrandeado la disciplina, seguramente estaría todavía presa.
No puedo garantizar que el uso de la fuerza me haya hecho la mujer que soy: íntegra, con valores, determinada, leal. Pero de que soy afortunada de haber tenido más opciones que mis ancestras, no me cabe duda.
¿Galleta o chancleta?
En mi época, las opciones estaban claras: pórtate bien o 🩴. En días menos difíciles, dependiendo de la presión barométrica y de la dirección de los vientos alisios o de los polvos de Sáhara, también podía incluirse una galleta en el menú.
¿Tú quieres una galleta? ¿O una pescozá? Te decían como si ná. (Nunca superaré el uso indiscriminado y arbitrario de sinónimos coloquiales en la isla).
Yo siempre escogía la chancleta, obviamente. Tal vez porque sentía que, al menos, había la posibilidad de que mami le fallara a la puntería ese día y que mi crimen quedara impune.
No recuerdo con especial trauma ninguna de las pelas que debieron darme, ni si me las merecía o no. Es más, me causa mucha risa recordar los corajes de mami. La pobre criando tres nenas, soltera y sin compromiso… No la culpo, en serio. Jodíamos bastante y seguidito. Y hasta nos tenía gran compasión cuando decía: “no es lo mucho, sino lo seguidito”.
Hoy celebro la víspera de mi cumpleaños como suelo hacer. Busco fotos viejas y recuerdo mis inviernos bien vividos y mi infancia feliz. Para dar contexto, así llegué hasta la foto de arriba. Y hasta las gallinas 🐓 y sus necesidades.
Recuerdo perfectamente la primera vez que escuché la frase que da título a este cuento. Siempre iba seguida de un: “¡Qué muchachita más presentá!” Eran días inocentes y, entre pela y pela, éramos felices.
Nunca he sido más bonita con tal de no quedarme calladita. Así que cuestionaba a la madre que me parió, día de por medio. La cosa quedaba más o menos así:
YO — Mamiiiiiii, ¿pero tú no habías dicho que no ibas a la fiesta de Tití porque estabas con dolor de cabeza?
MAMI —¡Usté habla cuando las gallinas mean!
YO — ¿Cuándo es eso?
MAMI — Un día de estos menos hoy.
YO — Acho, todavía no sé restar…
MAMI — ¡Qué muchachita más presentá esta!
YO — ¿Pero por qué no podemos ir al party de Tití entonces?
MAMI — ¡María Cristina, duérmete un ratito hasta mañana!
YO —
En el Trópico nada tiene sentido; eso ya lo hemos hablado. En mi país, por ejemplo, los cuernos 👿 están medianamente aceptados. No pedirle la bendición a un mayor; se paga con cárcel. O sea, ser infiel no es tan grave como faltarle al respeto a un adulto. Luego preguntan por qué nos pasan cosas…
Es probable que nunca logre descifrar si la generación de nuestros padres es una versión mejorada de la anterior o no. Aprendieron que primero se respeta, luego se quiere. Tampoco creo que tuvieran muchas opciones. Por ejemplo, mi abuela siempre contaba cómo casaron a su mamá con un señor de 35 años cuando ella tenía solo 15. El acuerdo incluía una vaca y dos gallinas.
Está de más decir que mi bisabuela Q.E.P.D. nunca fue feliz. Y es probable que su generación fuese la precursora de la leyenda de que los niños hablaban cuando las gallinas meaban. They don’t call them the Silent Generation for nothing 😔.
Obviamente, mi mente inquisitiva nunca se conformaba con los cuentos de mi abuela. Siempre tenía mi follow-up question debajo de la manga y se la soltaba como quien no quería la cosa. Ella se reía desde el ombligo hacia arriba y me decía: “¡Qué muchachita más tremenda!” Seguido de: “Nena, yo sé lo que tú sabes”.
Así que hice lo que cualquier hija de vecina hubiese deseado hacer en el 1990:
Conclusión: las gallinas son más listas de lo que pensaba. Se tiran un dos por uno y pa’ fuera. Sí, es que al final del cuento, mi madre es una genia. Sabía que la Enciclopedia Británica no tendría la respuesta a esta incógnita. Por eso, durante tantos años, impartía su ley de mordaza sin pena ni gloria y con determinación.
El Cuento Largo Corto...
Estoy convencida de que mi santa abuela sabía que las gallinas no meaban, pero nunca fue capaz de cuestionar las reglas. Que yo pueda hacerlo ya es ganancia.
Ya nadie me engaña ni me manda a callar. Sé la verdad y no le tengo miedo. Pero confieso que todavía tengo la imagen de una gallina poniendo papel en la tapa del toilet para mear, trepando sus patas delicadamente de un lado a otro.
Y no sale nada.
Obviamente, no justifico la violencia jamás. Ni las pescozás ni los chancletazos. De hecho, prefiero que me cojan de pendeja que confrontar. Y quizás me hubiese ahorrado años de terapia sin necesidad de tanta disciplina de chiquita. Pero todo lo que soy se lo debo a mis padres, en especial a Mami 😇. (Que luego lee esto y me caen chinches y miradas en ángulo obtuso de las que todavía funcionan 👀). Así que ¿quién soy yo para cuestionar sus métodos? ¿O qué pasa cuando las gallinas mean…?
Total, si las gallinas tienen vejiga o no, no es tan importante. Lo que importa es lo que sucede en lo que el hacha—¡qué diga, la chancleta!—va y viene.
¿Seguimo'✊?
Mucho Love,
Cristy






Brillante! Logras hilar los recuerdos con un análisis, con humor, encima, de lo que significó la disciplina en la niñez, y cómo se impartía. Yo también escuché que los niños hablan cuando las gallinas mean, pero, la verdad, verdad, nunca le hice caso y hablé hasta por los codos, lo que me ganó el apodo de salmón, por eso de que nadaba en contra de la corriente. En fin, que este recuerdo tuyo me trajo mucha nostalgia y muchas risas. Gracias por compartir!
Aprendí in dicho nuevo pero sigo sin entenderlo 🤣
Feliz cumple, bella!